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martes, 6 de julio de 2010

Capítulo III: Recorriendo Oncólogos

Visité al oncólogo recomendado por mi mastólogo: los Gomero Acuña, previo sacar turno y aguardar 8 días, sorprendentemente NO me atendieron los G.A., fui recibida por dos oncólogas, Dudero y Salina, que me dijeron pertenecían al equipo, me revisaron, vieron los estudios y estas fueron sus palabras:
_ Se te va a caer todo el pelo.
_ Sos muy gorda para hacer rayos.
_ Ni ahí…
Mi hija y yo nos sentíamos desconcertadas porque las dos megaprofesionales cuchicheaban entre ellas al leer los informes, cual dos vecinas de barrio en la puerta de la casa al ver pasar la novia del cura.
Recordaba ese dicho tan aplicable a esta ocasión: ante cualquier médico, consulte su duda, en realidad los sustantivos están intercambiados, pero me parece que era más apropiado así.
Solo pensaba torturadamente ¿Por qué no existirá un oncólogo como el personaje de mi serie favorita House MD? Me refiero al personaje interpretado por Robert San Leonard, James Wilson, dulce y tierno, si se me cumpliera este deseo, aseguro me hago devota de San Gregorio.
Elaboraron una ficha con tamaños, antecedentes, etc. y me ordenaron hacer diferentes estudios: centellograma, radiografía, análisis de sangre, etc.
Antes de volver con los resultados visité a mi apreciado mastólogo para que me sacara los puntos de la cirugía y le mencioné que sus llamadas a los Gomero A. no hicieron que me atendiera ninguno de ellos, gentilmente me dijo que insistiría en llamarlos para que me atendiera Luis.
Volví a pedir turno y transcurrida una semana me atendieron las mismas dos agrias e impersonales oncólogas de la primera visita.
Me pidieron que le llevara 4 chequeras con 5 formularios cada uno, para recetarme los medicamentos, que las dejara en secretaría, así ellas completarían según el esquema de Quimioterapia que me aplicarían.
Les informé que iría a ver un especialista a Buenos Aires, por lo que les solicité me devolvieran mis estudios, ya que deseaba tener una segunda opinión.
Así fue que partimos con Mar hacia el Instituto Alexander Fleming de Buenos Aires, la primera sorpresa fue que fuimos recibidas en la sala de espera por el mismo oncólogo, quien nos llevó a su consultorio, en el preciso horario que teníamos turno, luego de la revisación y lectura de todos los estudios escribió una carta con las drogas recomendadas para mi tratamiento, le manifesté mi preocupación acerca de cómo les caería a los Gomero el llevar tal recomendación, su respuesta fue que era una práctica habitual y que él los conocía como colegas y no tendrían problema alguno.
Aprovechamos el viaje para visitar a mi querida sobrina Mariel, esposo y dos bebas hermosas que adoro, nos dirigimos a Banfield, como siempre la pasamos fantásticamente con ellos, el mismo día a la noche Sanma, papá de mis sobrinas nietas, nos acercó a Retiro para regresar a Santa Fe.
Le llevé la carta a los Gomero, se la dejé a la secretaria explicándole la especial situación, me señaló que pasara al otro día que tendría los recetarios de medicamentos completados para iniciar a gestionar los fármacos en la farmacia.
Como era previsible, al otro día no estuvo confeccionada la ficha, tuve que regresar en tres oportunidades más, hasta que me entregaran la documentación, le pregunté a la antipática secretaria, (creo que con este calificativo le hago honor, porque merece otros peores), si habrían tenido en cuenta la carta del Fleming, me contestó ¡Por supuesto!. Me indicó que cuando tuviera las drogas en mi poder, recién en ese momento sacara turno para la Quimioterapia, nunca antes. Imagine que este pedido estaría fundamentado en la dificultad para conseguir las drogas.
Partí aceleradamente hacia la farmacia a entregar la ficha, previamente decidí hacerle fotocopias para que me quedara antecedentes, dada algunas malas experiencias acostumbro a tomar ciertas precauciones para prevenir lo que hacen en forma irresponsable y descuidada algunas personas que manejan esto delicados temas.
A pesar del gran calor, eran las 4 de la tarde, traté de entender el nombre de los productos recetados por los Gomero comparándolas con las de la carta del Fleming, inmensa y angustiante fue mi sorpresa al ver que no fue indicada ninguna de las drogas recomendadas.
Con toda mi bronca, casi llorando, regresé al Instituto de los Gomero Acuña y pedí hablar con el invisible e intangible que firmó mi ficha, pero la idiota secretaría me dijo que a la tarde no había ningún profesional, por lo que en una desesperada actitud, le pedí que me entregara todos mis antecedentes, especialmente la carta original, le dije que no podían tomarme el pelo de esa forma, que merecía una explicación de porque hicieron caso omiso de lo sugerido por el oncólogo de Bs. As. Estaba decidida absolutamente a no tratar jamás con estos profesionales que me demostraron ser viles mercenarios y comerciantes de la salud. Me acordaba de una frase de José Ingenieros, “El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta”.
Desde allí mismo, en un estado bastante desesperado, fui a la clínica de Dr. Blackman, con la intención de sacar un turno con quien sabía era el más relevante oncólogo de Santa Fe. Al llegar a la clínica, veo unas 20 personas en la sala de espera y cero secretaria, aguardo unos momentos y consulto con una persona que aguardaba igual que yo, si sabía a quién debería pedir un turno, me manifiesta que había sido declarado un PARO del personal. Creo que debe haber sido el primer paro en la historia del personal de clínicas privadas. De pronto veo una persona con guardapolvo blanco, del tipo que usan en los hospitales, en general los médicos de clínicas privadas usan casaca, sin duda se trataba del Dr. Blackman, que atendía en el caos, llamando personalmente a sus pacientes y dirigiéndolos a dos consultorios, salía de uno y entraba en el otro, imaginé que tendría un clon para atender a dos personas simultáneamente. El teléfono sonaba permanentemente sin que hubiera chance alguna de que alguien levante el tubo. En definitiva era imposible sacar un turno.
Salí de allí desahuciada, sin saber que hacer …
Me sentía presa de un conjuro, pensaba que no podía ser que además de mi mal, el entorno se complicara tanto ya no podía frenar mi desconcierto.
Al llegar a casa me comunique con mi querido hermano, Jefe de un Laboratorio y muy relacionado con los médicos, siempre solidario y gentil, me prometió gestionarme una consulta con el mejor oncólogo de Santa Fe.
Al otro día, en mi trabajo, comento a mi amiga Grace mis desventuras y me dice conocer un médico que me podía atender, hace algunas llamadas telefónicas y al mediodía partimos a ver a su amigo, debo decir que nuestro jefe, muy servicialmente nos permitió salir del trabajo a las dos para ir a la consulta.
El Dr. Venanqui nos atendió muy amablemente, nos explicó que era Radioterapista, que tendría que verlo luego de hacer la Quimio y me recomienda ver a la Dra. Roxana en la clínica de Blackman.
Casualmente mi hermano me acuerda una consulta con Blackman en el mismo horario que la que tenía con Roxana, le pido a mi hija que se comunique telefónicamente para suspenderla, porque me daba ocupado permanentemente. Desde el trabajo partimos a visitar al gran Dr. con Grace, a quien agradezco su compañía, realmente fueron momentos en que de no ser por el apoyo de quienes aprecio, hubiese desistido de hacer tratamiento alguno.
Finalmente nos atendió y pude conocer al Dr. Blackman, observó detenidamente cada estudio e informe, me reviso, no es de muchas palabras, pero trasmite seriedad y seguridad en sus actos. Digamos que la primera impresión fue muy buena, no derrocha un mar de simpatía, lo que en su profesión sería un poco raro, pero ofrece una clara idea que conoce de que se trata esto del cáncer, si bien una sola consulta no es tiempo suficiente para hacer una apreciación, me pareció una persona honesta y distinguida, me conmovió su voz, es muy personal, grave y fuerte, impone respeto y autoridad, aún cuando esté haciendo un simple comentario.
Me expresó que quería rehacer los estudios de receptores hormonales con personas de su confianza en la ciudad de Rosario, me aconsejó pedir a Chantina los tacos y acercárselos para mandarlos al sur, le pregunté si existiría posibilidad de que me fueran entregados, agregó que estaba en todo mi derecho de reclamárselos.
Al salir de allí le hablo a Chantina, quien con una inconfundible voz de dormido me dice que no estaba en la ciudad y que en tres o cuatro días le hablara para ver si podía conseguir mis tacos. Sus expresiones no me garantizaban en absoluto que tuviera interés en dármelos. Conociendo mi incapacidad para hacer este tipo de gestiones, ya desesperada hablé con Silvia, esposa de mi hermano Cardo y experta en tratar con médicos que no cumplen son sus obligaciones, debo reconocer que toda la familia explota sus habilidades, por supuesto luego de varias llamadas amenazantes logró el objetivo y también entregó los tacos en la clínica de Blackman. Restaba esperar 7 días para obtener los nuevos resultados.
Transcurrido los 7 días, hablé a la secretaria preguntando si llegaron los resultados, me explico que demoraban unos 10 días, y así pasaron 21 días, la secretaria a pesar de mi insistencia, nunca constató que no estuvieran en un cajón extraviados. Silvia por su cuenta también averiguaba, inclusive Blackman me llamó a mi celular preguntándome en qué fecha dejamos los tacos en su Instituto, a partir de allí aguardamos otros 7 días y por acción de la super-mega-cuñada una de las empleadas le imprimió el e-mail con el informe, para nuestra sorpresa eran exactamente opuestos a los resultados dados por Chantina, dónde decía +++ ahora figuraba --- .
Imagínense mi desconcierto si 3 de 5 informes realizados por segunda vez dieron tan diferentes que podía pensar de los dos estudios realizados en el quirófano por el mismo profesional???
Solo pensaba en ubicar a Chantina y plantearle seriamente mi inquietud.
Para César Blackman estaba clarísimo, solo confiaba en el resultado de Rosario y en base a ello definiría mi quimioterapia. Le pregunté porque dudó de los resultados la primera vez y me dijo simplemente: Por la firma. Mencioné que es de pocas palabras verdad? Sabio es quien poco habla y mucho calla dicen … pensé es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras… Así es que él finalmente me haría el esquema completando la ficha para llevar a la farmacia.
Aunque hubiese preferido no darme cuenta, tuve que asumir que la consulta al Instituto Fleming de Buenos Aires llevando los informes equivocados fue absolutamente inútil e inservible, ni pensar los gastos producidos.

1 comentario:

  1. Es muy común todo lo que te pasa, nos sucede a todas, deberíamos hacer algo para que cambien las cosas.

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